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El peligroso coqueteo con la violencia política en las elecciones de Madrid

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Pablo Iglesias denunció públicamente la recepción de las amenazas / Foto: Podemos

Ysrrael Camero (ALN).- Las elecciones autonómicas de la Comunidad de Madrid han incrementado sus niveles de polarización, crispación y enfrentamiento interno, incorporando esta semana un preocupante elemento: amenazas de muerte contra funcionarios del gobierno y candidatos. Aunque la condena ha sido amplia, la banalización con la que ciertos actores tratan la apelación a la violencia política constituye un síntoma preocupante, que ha derivado en la suspensión de los debates públicos.

Aunque el conflicto es inherente al hecho político, los procesos de democratización intentan acotar y limitar su alcance, excluyendo la violencia de las formas legítimas de competencia por el poder.

La erosión de los consensos básicos de la convivencia política, aspecto que caracteriza nuestra época, puede reflotar, de manera irresponsable, un coqueteo con la violencia política, en la medida en que se niega la legitimidad del adversario.

Esta última semana la degradación de la disputa política en Madrid ha llegado a un nuevo nivel. Un sobre con una carta de amenaza de muerte, junto con cuatro balas, ha llegado a la residencia de Pablo Iglesias. Similar misiva llegó al ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y a María Gámez, directora de la Guardia Civil, también con municiones incluidas.

Estos episodios generaron una reacción inmediata, aunque con unos matices que marcan la creciente polarización. En democracia las amenazas de muerte contra los políticos no merecen otra cosa que una condena absoluta. La exclusión de la violencia es una de las reglas primarias de funcionamiento de una institucionalidad democrática. El conflicto político se acota dentro del marco de las instituciones, y se expresa a través de las reglas convenidas.

El fin de los debates

Pablo Iglesias denunció públicamente la recepción de las amenazas. Tocaba esperar las expresiones de solidaridad, no sólo de compañeros, sino también de los adversarios. Sin embargo, en el debate realizado entre los candidatos en la cadena SER, Rocío Monasterio, cabeza de lista de Vox, puso en duda la existencia de las amenazas, ridiculizando el hecho.

Iglesias exigió que Monasterio se retractara, señalando que en caso contrario se retiraría del debate, logrando justamente lo contrario. En una escalada de provocación Rocío Monasterio le increpó que se fuera, descolocando todo el debate. Finalmente, Iglesias se retiró, negándose a compartir espacios con Vox, mientras estos no condenaran los hechos.

La acción de Monasterio tenía una clara intención de provocación, ratificando el lugar de Vox en la derecha española. En las últimas encuestas Vox parece retroceder ante la consolidación de Isabel Díaz Ayuso y del Partido Popular (PP). Potenciales votantes radicales, que en otras circunstancias votarían por Vox, vuelven al redil del PP para apoyar a una Ayuso que ha sido muy efectiva en polarizar. Lo de Vox es un acto irresponsable que degrada la democracia, pero es un intento desesperado de no perder más votos ante los populares.

En poco tiempo, el rechazo a la actitud de Vox también polarizó los ánimos. El PSOE, Más Madrid, Unidas Podemos, pero también varios periodistas, mostraron su rechazo. Esto se trasladó a una decisión polémica, la suspensión de todos los debates políticos planificados.

Sin embargo, parece ser demasiado tarde. Ya Vox está en el Congreso de los Diputados, se encuentra en la Asamblea de Madrid y comparte espacios institucionales en diversos cuerpos colegiados. Convertirlo en protagonista del debate político lo fortalece, como alternativa “antisistema”, pero pretender hacerlos desaparecer al no interactuar con sus propuestas, tampoco impide que siga creciendo.

Esto no es exclusivo de España, uno de los retos más difíciles que enfrentan hoy las democracias es detener los fenómenos populistas y radicales, que saben polarizar a partir del manejo de las pasiones políticas y la confrontación existencial.

Democracia y exclusión de la violencia

La banalización de las amenazas de muerte contra candidatos y funcionarios, constituye un hecho muy preocupante. Uno de los factores claves que contribuyó a lograr la transición española a la democracia fue el compromiso, demostrado por los actores políticos, de renunciar a la violencia como método de resolución de los conflictos políticos entre las élites.

La dictadura franquista, que se constituyó tras el fin de la Guerra Civil, se había convertido en la administradora de la violencia política contra la disidencia durante cuatro décadas. Dejar atrás el franquismo, y avanzar hacia la democracia, implicaba dejar atrás la institucionalización de la violencia como herramienta del poder. Esa renuncia se nutría del miedo a que el ciclo volviera a repetirse.

Por eso es que la violencia terrorista de ETA constituyó la mayor amenaza que enfrentó la naciente democracia española. Su derrota, que se expresa finalmente en la normalización de la inserción política de la izquierda abertxale, constituyó por ende uno de los triunfos del sistema democrático. Sin violencia la institucionalidad democrática tiene capacidad para reflejar las más diversas posturas políticas.

El coqueteo, aunque sea simbólico, con la violencia política, que pasa por banalizar hechos tan graves como las amenazas de muerte acompañadas de municiones, expresa una rápida disolución de la voluntad de convivencia en las élites políticas españolas. Detener ese proceso de degradación requiere de un esfuerzo transversal de la sociedad española.

La proyección de un mapa

Con los debates clausurados, con una campaña muy breve, que se acerca a su final, es muy difícil que las tendencias sufran una modificación sustancial. Todo indica que, para el Partido Popular, los votos de los diputados de Vox serán imprescindibles para asegurar la continuidad en la presidencia de Isabel Díaz Ayuso.

Las últimas encuestas muestran que el PSOE retrocede, avanza Más Madrid, al tiempo que Unidas Podemos, a pesar de los esfuerzos de Iglesias, no despega. Las izquierdas divididas parecen tener pocas probabilidades de ganar.

Por ende, el reto futuro de Isabel Díaz Ayuso ya no está enfocado en Madrid. Ni siquiera es Pedro Sánchez el destinatario, a pesar de que se encuentra en cada una de sus intervenciones públicas. Isabel Díaz Ayuso está retando a Pablo Casado, no sólo por el liderazgo sino también por la estrategia del Partido Popular mirando al 2023. Mientras Casado mostraba su rechazo al envío de los sobres con amenazas de muerte, Ayuso enfocaba su crítica al mal manejo del servicio de correos.

La victoria de los populares en las elecciones de Madrid no será fruto de la estrategia de Pablo Casado de virar al centro y separarse de Vox, sino del desarrollo de la vía contraria, alimentando agresivamente la polarización, dificultando la convivencia entre los distintos actores políticos, para fortalecer una dinámica de enfrentamiento existencial que haga desaparecer los matices. Efectivo para ganar elecciones, peligroso para la democracia.

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