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Pedro Castillo o Keiko Fujimori: Perú transita un sendero peligroso entre 2 autoritarismos de distinto signo ideológico

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Pedro Castillo es el favorito según todos los sondeos de opinión / Foto: @PedroCastilloTe

Pedro Benítez (ALN).- El viejo fantasma latinoamericano, la amenaza del golpe de Estado y el regreso de los militares a poner “orden”, se asoma en el horizonte de Perú. Con el 40% de la intención de voto en las encuestas, Pedro Castillo luce casi imbatible. Sin embargo, esos mismos estudios de opinión le dan a Keiko Fujimori una esperanza de recortar, y eventualmente cerrar, esa ventaja. Pero en cualquier caso Perú transita un sendero peligroso entre dos autoritarismos de distinto signo ideológico.

Hernando de Soto es uno de los más prestigiosos y conocidos economistas latinoamericanos. Es un reconocido autor peruano que, entre otros temas, desarrolló la tesis según la cual las limitaciones que tienen los más pobres para acceder a los derechos de propiedad en América Latina, África y Asia son una de las causas profundas que perpetúan la marginalidad social y la miseria. Desde hace décadas sus libros han sido récords de ventas tanto en español como en inglés.

Hernando de Soto sería un presidente de lujo no sólo en Latinoamérica, sino en cualquier país del mundo. Sin embargo, en la reciente primera vuelta de las elecciones presidenciales peruanas (11 de abril) llegó de cuarto con el 11% de los sufragios. En cambio, gracias a la dispersión de los votos y a la desaparición de los partidos políticos, a los peruanos les tocará elegir entre dos autoritarismos de distinto signo. Por un lado Pedro Castillo, de Perú Libre, y por el otro Keiko Fujimori, de Fuerza Popular, con 19% y 13% de los sufragios respectivamente alcanzados en la primera ronda.

El programa del primero es de inspiración claramente marxista. El partido que lo postula es abiertamente chavista. Así como se lee. Sin exageraciones. De hecho, la principal propuesta de Castillo y su grupo lleva marca de fábrica venezolana: convocar una Asamblea Nacional que redacte una nueva Constitución. Después, o antes, cesar al Congreso y al Tribunal Constitucional.

Lo mismo que el expresidente Alberto Fujimori hizo en abril de 1992, con enorme apoyo popular, por cierto, pero sacando los tanques a la calle. Aún el expresidente Hugo Chávez no había patentado su aparentemente democrático procedimiento constituyente que le permitió hacer lo mismo, pero ahorrándose el poco presentable uso de la fuerza.

Sin embargo, Castillo es el amplio favorito según todos los sondeos de opinión que se han realizado hasta ahora, con más del 40% de las preferencias. Se está beneficiando del conocido voto protesta. De todos aquellos peruanos que quieran castigar la corrupción y superficialidad de la clase política. Su ventaja en el interior de Perú, tradicionalmente marginado y enfrentado con Lima, es enorme.

En lo que va de siglo Perú se ha comportado como lo que fue Italia hasta hace no mucho, la economía por un lado y la política por otro.

Ha sido uno de los países donde más rápidamente disminuyó la pobreza en todo el mundo gracias a sus bajas tasas de inflación y a su estabilidad económica, que incentivaron la inversión privada y un sostenido crecimiento económico.

Pero al mismo tiempo sigue atado a la corrupción crónica (más visible hoy que nunca) y a salvajes disputas políticas que han ido desprestigiando sus instituciones.

En los últimos cinco años el país ha tenido cuatro presidentes. Uno, Pedro Pablo Kuczynski, renunció en medio de un escándalo de corrupción. Luego sus dos sucesores, Martín Vizcarra y Manuel Merino, fueron destituidos por el Congreso. Este último permaneció en el cargo menos de una semana.

Además, hay seis expresidentes peruanos sometidos a algún tipo de proceso judicial, uno de los cuales, Alejandro Toledo, sigue prófugo.

Sumemos a eso el demoledor impacto económico y social que ha provocado la pandemia. Una mezcla casi perfecta en un año electoral para que todo le salga mal a un país.

El tercer intento de Keiko Fujimori

Frente a Castillo se postula por tercera ocasión la hija de Alberto Fujimori. Como la heredera del apellido ha logrado en la última década reagrupar todo el capital electoral que sembró su padre, particularmente entre los más pobres de las áreas urbanas de Lima, que recuerdan que fue “el chino”, como popularmente lo llamaban, el que acabó con el cruel terrorismo subversivo y con la hiperinflación, iniciando la estabilidad que Perú ha disfrutado en los últimos 30 años.

Pero ante Keiko Fujimori se levanta la enorme pared de rechazo del antifujimorismo. Ese otro sector de la sociedad peruana que no olvida que su padre se comportó como un dictador electo, que persiguió a sus oponentes, que censuró medios de comunicación críticos, que pretendió perpetuarse en el poder y en cuyo régimen imperó la corrupción.

Dos veces, en 2011 y 2016, Keiko Fujimori se quedó a las puertas de coronar su victoria en unas presidenciales. En la última ocasión por un puñado de miles de votos.

Su respuesta ante el frente que de izquierda a derecha se ha armado para cerrarle democráticamente el acceso al poder no ha consistido en intentar suavizar resistencias, sino que por el contrario ha apelado al estilo pugnaz y carente de escrúpulos que ha alimentado el antifujimorismo.

Las acusaciones de sus críticos se vieron confirmadas en buena medida durante el último quinquenio. Convencida de haber sido derrotada (no sin cierta razón) por malas mañas en la cerrada contienda de 2016, Keiko optó por usar los 73 diputados de su partido, de lejos la primera fracción en el Congreso peruano, para torpedear el gobierno de Kuczynski.

De modo que ella es corresponsable del descrédito en que ha caído la clase política peruana y, por tanto, del desastre institucional al que ese país parece dirigirse de manera casi fatal.

No importa que Castillo y Keiko, a pocas semanas de la jornada decisiva (6 de junio), moderen sus propuestas y lenguajes. Nadie les cree porque, obviamente, están buscando asegurarse sus votos. Castillo los que tiene. Keiko los que necesita para remontar.

Es en este contexto en el cual Mario Vargas Llosa ha hecho un llamado a votar por el mal menor. Es decir, por la hija de quien lo derrotó hace 31 años y luego impuso su autoritarismo personal.

Para Vargas Llosa no hay duda de que con Castillo, Perú seguirá los pasos de Venezuela. Un autoritarismo en lo institucional, más un desastre en lo económico y lo social.

Un observador suspicaz advertirá que con Keiko se corre el riesgo de ir a lo primero, pero sin lo segundo.

No obstante, el Nobel peruano ha formulado entre sus advertencias una adicional. Con Castillo en la presidencia, Perú se enfrentará a la posibilidad de que su institucionalidad sea interrumpida por un golpe de Estado. El regreso de los militares a poner “orden”. Otra vez el viejo fantasma latinoamericano.

Se puede estar o no de acuerdo en esta oportunidad con Vargas Llosa. Keiko Fujimori podría aún recortar, y eventualmente cerrar, la ventaja que le lleva Castillo, disputándole el voto anti-establishment, tal como hizo su padre en 1990. Después de todo, su carrera no es contra el aspirante izquierdista sino contra ese tercio del electorado que dice hoy que se abstendrá o votará en blanco.

En cualquier caso y ante las alternativas planteadas, no hay duda de que Perú transita un sendero peligroso.

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