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Los argentinos en España ahora tomarán mate escuchando su canción favorita gracias a esta pareja

jueves 01 de abril de 2021, 12:00h

Mariveni Rodríguez (ALN).- Lucas Alegre y Marisa Segade “matearon” desde que se conocieron en la ciudad de Buenos Aires. Ese día nació su amor y, un tiempo después, la idea de importar desde Argentina a España mates de algarrobo, una idea que ha permitido a ambos superar la racha del desempleo ocasionada por la pandemia. “Son mates de madera, pintados a mano, a los que incorporamos un código QR para que te descargues tu canción favorita mientras cebas la yerba”, dice Lucas al descubrir su marca Yo Mateo.

Lucas Alegre y Marisa Segade “matearon” desde que se conocieron / Foto: Cortesía
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Lucas Alegre y Marisa Segade “matearon” desde que se conocieron / Foto: Cortesía

“Esta idea, viste, la iniciamos en los días de confinamiento cuando tanto Marisa como yo nos quedamos sin trabajo. Pensamos, entonces, en qué hacer y observamos que hay miles de argentinos que viven aquí en España y en su necesidad de ‘matear’. Y, ves, eso es lo que queremos: unir a los argentinos, llegar al corazón de la gente”, comenta Lucas Alegre, advirtiendo que “no sólo nosotros tomamos el mate, el español hace mucho que lo está haciendo”.

Yo Mateo es un tributo de Lucas Alegre al mate, a esa bebida cuyo origen se disputan tanto argentinos como uruguayos. “Sólo que nuestra marca se debe al verbo matear y al nombre de mi sobrino Mateo. Y, viste, es un juego de palabras. Yo me dedico a importar y pintar los mates, no la yerba, aunque quizá más adelante lo haga”, aclara Lucas.

Cebar el sabor amargo del mate para que la vida no se te escape

En el típico barrio proletario y juvenil de Boedo nació Lucas Alegre. Marisa Segade, su pareja, es catalana, de Casteldefels. En aquel suburbio de porteña raíz dejó Lucas a sus amigos de infancia, a su familia y a su trabajo como comercial. “En la Argentina me iba bien. Tenía trabajo, arranqué como empleado y terminé asociándome con los dueños de una inmobiliaria. Allá, he mudado a muchos venezolanos que se fueron a vivir a Buenos Aires; gente estudiada y respetuosa que la está pasando mal como nos ha pasado a los argentinos”, recuerda Lucas.

Un día, en 2017, Lucas decide viajar a España para probar suerte. Un año después, en 2018, tras regresar a Buenos Aires, descubre que la vida se le escapa: “Volví a mi ciudad y a mi regreso vi tantas cosas, como aquel estallido en la plaza del Congreso Nacional, robos y violencia injustificada, que sentí que todo eso me estaba echando, expulsando fuera de mi país. Allí, pude ver que había regresado millones de casillas, che”, comenta Lucas echando atrás la película.

Dónde quedó su emoción, su niñez, con aquel cielo azul de rayuelas, diría el cantautor Enrique Discépolo. La infancia de Lucas, como la de todo argentino, está vinculada al rito de compartir con el otro el mate. Con Marisa Segade, su pareja, no ha sido precisamente la yerba mate, como sí el recipiente donde se ceba el mate, el maridaje que ha funcionado para que como autónomos funden una empresa familiar.

“En mayo de 2018 Marisa había viajado por trabajo a Buenos Aires”, comenta Lucas. “Sí, cinco días que extendí a 15 y que luego incorporé a mi vida trayéndome a la Argentina conmigo”, complementa Marisa el relato, mirada de complicidad entre ambos de por medio.

“Desde 2018 estamos juntos. Nos fuimos a Andorra, donde he trabajado de camarero y en inmobiliarias. También estuve trabajando por Benidorm. Pero lo de los mates lo teníamos visto, porque allí, en Andorra, no se encuentran estos recipientes y más de 10.000 argentinos viajan por temporada. Y sumamos muchos más con los que vivimos en Europa”, observa Lucas, mientras Marisa saca cuentas: “Si vendemos 10% a ese nicho de personas, argentinos y uruguayos, ya va bien la idea”, acota.

Con estas cuentas sacadas, Lucas y Marisa se mudan a Casteldefels, pueblo costero de Barcelona. Allí armaron su taller. Contrataron una gestoría, se hicieron autónomos, sacaron permisos nacionales e internacionales y consiguieron un buen mayorista. “Lo difícil es encontrar gente que te haga factura, que tenga permiso para exportar. En Argentina se trabaja mucho en negro y nosotros queremos hacerlo bien”, comenta Lucas.

Los recipientes donde se ceba el mate son de madera y pintados a mano / Foto: Cortesía

Segunda cebada: chupar antioxidantes y vitaminas

Se llama mate al recipiente de madera que se rellena de yerba mate (llesparaguariensis) y se toma a sorbos con una especie de pajita de metal o bombilla. Nadie dice “beber mate”. Todos “toman”. Esta es una parte importante de la cultura y hábitos cotidianos de argentinos, uruguayos, paraguayos, chilenos, bolivianos e, incluso, brasileños. Es un pretexto para conversar, compartir una confidencia o para establecer un encuentro o contacto. Nadie lo hace porque tenga sed. Se toma mate, a secas. Y al tomarlo, charlar o pensar está en el ADN de cada persona.

“Hoy día se ha extendido por todo el mundo. Desde amigos hasta futbolistas como Messi o deportistas que lo toman por sus propiedades antioxidantes, vitaminas B, C y E, además de ser un estimulante. El nuestro no es el tradicional de calabaza”, comenta Lucas.

@Yo_Mateo es una marca artesanal y nómada. Importamos mates de maderas de algarrobo, las pintamos a mano y trabajamos con láser el logotipo; antes lo labrábamos a mano. Ahora personalizamos e incluimos un código con la canción que quieras bajarte de Spotify, viste, algo novedoso”, dice Lucas explicando que el oficio de tornero se ha perdido en España y de allí la razón de que importen. “La idea es traerle al argentino un poco de su tierra”, acota.

En la actualidad, Argentina exporta 35.000 toneladas de yerba mate anuales, siendo Siria (72%), Chile (14 %), Líbano y Estados Unidos (2%) grandes nichos. La marca Yo Mateo tiene en estas cifras un mercado importante; no obstante, ahora mismo sólo está concentrada en la producción del mate como objeto o pieza utilitaria, sin descartar en un futuro la importación de la yerba.

En este punto, Lucas prepara su mate, bombilla, termo y yerbera. Va recorriendo pueblo por pueblo ofreciendo a diversas tiendas su producto. Ya tiene pedidos de clientes de Holanda, Francia y Alemania.

“Yo mateo por el mundo -dice Lucas -. Y si cuando estoy en la playa se me acerca uno y me dice: ¿Che, me das un mate? ¿Y qué vas a decir, viste?, ¿que no, porque hay pandemia? Lo ideal en estos días es no compartir tu mate y bombilla, pero esta yerba es una unión que se va cebando poco a poco”.

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