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El Centro de Arte Moderno de Madrid es la obra de 2 “antieditores” argentinos

lunes 02 de noviembre de 2020, 12:00h

Mariveni Rodríguez (ALN).- El Centro de Arte Moderno de Madrid aloja una librería, una galería de arte, una editorial y un museo donde remembranzas y objetos de culto casi oníricos dibujan la iconografía de escritores hispanoamericanos. Sus fundadores, los argentinos Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón, que llegaron con 28 años a España con sus bártulos y sueños borgianos a cuestas, creen en un proyecto anti-gueto donde se dé a conocer la obra de autores latinoamericanos que dialoguen con España y mediante los cuales se establezca un puente de palabras.

“Nos dedicamos a editar libros artesanales. Somos los antieditores”, dice Pérez Míguez / Foto: MR
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“Nos dedicamos a editar libros artesanales. Somos los antieditores”, dice Pérez Míguez / Foto: MR

En un país lleno, saturado, de referencias de autores y libros consagrados como Argentina, cuna de escritores de la talla de Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, María Elena Walsh, o poetas como Alejandra Pizarnik, un par de jóvenes decide abrir un espacio de manera intuitiva en Quilmes, ciudad sobre la costa del Río de la Plata. Corría el año 1995.

El propósito era investigar, crear y dar formación artística a su comunidad. Hasta que tocan techo con sus propias necesidades y sus expectativas de crecimiento y se topan con la crisis argentina de 2001-2003. Era la época del fatídico “corralito”. En aquella ciudad de provincia, a la par que abundaban cafés literarios y tertulias psicoanalíticas, se tenía la percepción de que todo argentino tiene en su ADN o árbol genealógico a Europa como norte. También fue una época en que la gente temía lo peor, y se vivió una estampida bancaria y financiera que hizo que miles de argentinos tuvieran miedo a quedarse insolventes y por ello se produjo una fuga de capitales y talentos.

Abogado e ingeniero agrónomo, respectivamente, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón comparten desde que tenían 28 años su afición a la fotografía, el primero, y a la pintura, el segundo. A ambos argentinos les une no sólo ser amigos y emigrantes, sino algo más imperecedero: abrir un puente entre Latinoamérica y España que de algún modo es la continuación de aquella aventura cultural que nació en Quilmes.

Aquel proyecto fue la antesala del Centro de Arte Moderno que existe actualmente en la calle Galileo 52, en Madrid, y que tras pasar crisis como la del covid-19, defiende una propuesta cultural, el legado de escritores hispanoamericanos y una idea que no se hace eco de nacionalismos; al contrario. Porque “el espacio que no ocupa uno, lo ocupa otro”, dice convencido Claudio Pérez Míguez.

Abrir caminos, acercarnos al entorno

“Hacemos las cosas porque las sentimos sinceramente. El espacio en Quilmes era un centro de formación, con talleres, cursos y un pequeño stand de libros. Pero la fórmula se agotó y decidimos venir a esta ciudad. Por dos años coexistimos allá y aquí. En Madrid sabíamos que no podíamos competir funcionando sólo como un centro de formación, aunque mantenemos una programación itinerante de exposiciones, talleres y cursos. Madrid es nuestra casa. Nos gusta la idea de progresar aunque tengas una chabola. No nos gusta la decadencia. Es nuestra vocación”, dice Pérez Míguez, convencido de que las crisis podrían hacer insostenibles los proyectos, pero que “esto se hace desde el estómago”.

Así crearon el Centro de Arte Moderno, en 2013, y la experiencia de aquel pequeño stand de libros les inspiró para crear la librería, una editorial dedicada a autores latinoamericanos, una Galería de exposiciones y el Museo del Escritor. “Intentamos relacionarnos con nuestro entorno y con instituciones españolas como el Instituto Cervantes, los museos Reina Sofía, Picasso, la Fundación Miró. Abrimos puentes entre Latinoamérica e Hispanoamérica, no tanto para pedir apoyo económico, sino para vincularnos y estrechar lazos”.

Pérez Míguez considera que antes de crear un proyecto es importante conocer el marco cultural donde se va a desarrollar; en su caso España. Relacionarse con la comunidad e interactuar con el sitio. “Tener una lengua en común como el castellano nos abre muchas posibilidades. Por ello este proyecto no tendría cabida en otro país diferente a España. Este es un diálogo entre escritores de ambos lados que queremos dar a conocer. Nos dedicamos a editar libros artesanales, hechos a mano, con ediciones limitadas de 100 ejemplares, con textos inéditos o recuperados en español. Somos los antieditores”, zanja.

En el Museo del Escritor hay una pistola que perteneció a Juan Carlos Onetti / Foto: MR

Un trabajo detectivesco que se aleja del gueto

Salir del gueto. Intercambiar, conectar, dar aire y abrirse a otras culturas. Ese es el fin de un espacio como este que no se basa en nacionalismos. “¿Qué haría una casa de Argentina en un país como este?”, se pregunta Pérez Míguez. “Nada”, se responde a sí mismo. “Este es un proyecto personal que interactúa con capital humano, que nos hace ganar la confianza de las personas que nos donan objetos. Es un trabajo casi detectivesco, donde tienen cabida escritores hispanoamericanos, no brasileños por el idioma. Tenemos objetos y libros de poetas y escritores de Argentina, Uruguay, Perú… De Venezuela tenemos a Rafael Cadenas, por ejemplo, pero Venezuela no ha sido un país que largara emigrantes. Nunca conocí a un venezolano mientras vivía en Argentina, ahora sí hay muchos”, advierte.

Al título de Historia de cronopios y famas del escritor Julio Cortázar, ellos, los “antieditores” Pérez Míguez y Manrique Girón, le añadieron tres relatos más en su edición casera y limitada: “El almuerzo”, “Never Stop the Press” y “Vialidad”. “Son textos fundacionales que nos mostró y permitió publicar Aurora Bernárdez, escritora argentina y esposa del autor de Rayuela, Queremos tanto a Glenda, y tantos y tantos libros incunables”.

Si títulos similares se suman a su editorial, no menos importantes son las exposiciones itinerantes que han realizado por Sevilla, Córdoba, Huelva, Santiago de Compostela, Badajoz o Cádiz con los objetos afectivos que coleccionan en el Museo del Escritor y cuya cadena de custodia es importante mantener para poder certificar que la pieza ha sido efectivamente de escritores, como las auténticas máquinas de escribir que atesora este espacio y cuya historia pertenece a autores como Álvaro de Laiglesia, Gastón Baquero, Francisco Luis Bernárdez, Juan García Ponce, Antonio Pereira o María Teresa León.

La generosidad de Borges y la pistola de Onetti

Allí, en ese sótano madrileño con visos de cueva para interpretar cante hondo, objetos de valía emocional se van abriendo paso en una suerte de galería de paredes blancas y vitrinas prístinas desde las que surgen sombreros, bastones, pergaminos, lentes, fotos, copas, libros, plumas, pipas, máquinas de escribir y cartas escritas a mano con confidencias inconfesables, quizá, o un objeto peculiar como una pistola de juguete. ¿De quién es esta pistola? ¿Es de verdad o es un juguete?

Esto no es un misterio, sólo hay que conocer la personalidad y anécdotas de escritores como Juan Carlos Onetti, o tener la iniciativa de acercarse al Centro de Arte Moderno de Madrid y saciar la curiosidad. Como lo hizo Claudio Pérez Míguez, aquel chico argentino de una escuela de la periferia que, a sus 15 años, decidió buscar en la guía de teléfonos el nombre y número del escritor Jorge Luis Borges, quedar a una hora (a las 10:30), entrar a su casa y hacerle una entrevista a uno de los escritores más afamados de Latinoamérica.

“Porque nos interesan los autores por la literatura que escribieron”, recuerda Pérez Míguez, “aunque la generosidad de Borges al darme la entrevista y cultivar su amistad sea una faceta poco conocida por el mundo”.

Mientras desvela esta personalidad espléndida de Jorge Luis Borges, sale a su encuentro el sombrero de Adolfo Bioy Casares; una tortuga de María Elena Walsh; el certificado de nacimiento de Olga Orozco; textos del periodista Tomás Eloy Martínez y de nuevo esa pistola espectadora.

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