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Guaidó no está preso. Primero Maduro quiere verlo destruido

miércoles 20 de mayo de 2020, 16:00h
Por Pedro Benítez (ALN).- ¿Por qué Nicolás Maduro no encarcela a Juan Guaidó? Lo amenaza directa e indirectamente. Encarcela y persigue a sus colaboradores. Estrecha el cerco en su contra. Incluso Cilia Flores pronunció algo que sonó a sentencia: “Guaidó no se salva de esta”, haciendo referencia a la Operación Gedeón. Pero no lo detienen. ¿Por qué?
Guaidó es el nuevo chivo expiatorio de la crisis que azota a Venezuela / Foto: @jguaido
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Guaidó es el nuevo chivo expiatorio de la crisis que azota a Venezuela / Foto: @jguaido

Porque Maduro prefiere destruirlo políticamente antes que convertirlo en mártir. Hay que descabezar a cualquier líder que aparezca en la oposición venezolana. Por eso la campaña para convertirlo en el chivo expiatorio de todos los males que padecen los venezolanos. En ese propósito el madurismo no está solo, lo acompañan los sectores marginales que se dicen de oposición. No por casualidad, es parte del mismo plan.

Según el Antiguo Testamento, Dios exigía a los piadosos el sacrificio de una cabra o cordero como ritual para la expiación de sus pecados. En el relato bíblico los antiguos hebreos escogían de su rebaño al mejor animal, el que no tuviera defectos ni manchas, para que en su inmolación cargara simbólicamente con los pecados de todo el pueblo. Este era el chivo expiatorio. El imputado con las culpas de los demás.

En su invariable táctica de siempre culpar al otro, en vez de resolver problemas, al chavismo nunca le ha faltado a quien señalar como el chivo expiatorio de ocasión. El presunto culpable de todos los errores y de todos los fracasos. El saboteador de la economía y del sistema eléctrico. El jefe de la guerra económica. El promotor de la violencia. Siempre debe haber un enemigo. El anterior, el interior y el exterior.

En el frente exterior los protagonistas del ataque contra el país han estado muy claros: George W. Bush, Barack Obama y Donald Trump. Todos han cumplido con el requisito indispensable, son los presidentes de los Estados Unidos. No importa lo que digan, no importa lo que hagan, mucho menos que ese país haya sido hasta hace solo unos meses el principal (de lejos) mercado para el petróleo venezolano, pagador puntual y por consiguiente, y para todos los efectos, financiador del experimento revolucionario. Nada de esto ha importado, ellos han sido los malos de la película. Así es el libreto.

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En el frente interior ha habido varios protagonistas, entre los que han descollado tres:

Henrique Capriles, ex gobernador del segundo estado del país y dos veces candidato presidencial. Contra él se movió el petroestado venezolano a fin de impedir que pudiera derrotar electoralmente a Chávez y a Nicolás Maduro en 2012 y 2013. Sobre su persona llovió todo tipo de epítetos y acusaciones. Se emplearon toda clase de intrigas y campañas de desprestigio. Siendo el candidato más votado en la oposición, el que había logrado capitalizar el voto de la mitad del país, era la figura que el chavismo debía destruir. En ese objetivo un supuesto sector de la oposición acompañó al régimen. No era nada personal, no se podía permitir que el campo democrático tuviera una figura visible. Había que asesinarlo políticamente para luego inhabilitarlo.

El siguiente ha sido Lorenzo Mendoza, presidente del Grupo Empresas Polar. Siendo el principal y más conocido empresario privado del país llenaba todos los requisitos para cumplir el rol de jefe de guerra económica. Era la representación del empresariado capitalista, rentista y expoliador venezolano, lacayo de intereses foráneos, responsable de la inflación galopante que Venezuela empezó a padecer hace una década y que le llevó a ocupar el primer lugar del mundo por encima de Argentina, solo disputando el puesto con Sudan y Zimbabue.

Después de todo, la extensa red de medios públicos del Estado chavista no iba a recordar que fueron las decisiones de Hugo Chávez las que provocaron esa inflación mediante la apropiación de las reservas del Banco Central de Venezuela (BCV) que pulverizó el bolívar. Mucho menos que la aguda escasez de todo tipo de productos eran consecuencia directa de las expropiaciones de tierras y empresas productivas, del control de cambio y de las absurdas leyes de precios justos. Para cargar las culpas, estaba Lorenzo Mendoza.

El plan contra Juan Guaidó

Desde año pasado a esta parte el nuevo chivo expiatorio tiene nombre y apellido: Juan Guaidó. El presidente interino reconocido por más de 50 países y presidente de la Asamblea Nacional (AN) de mayoría opositora. Cuando a fines de 2018 la oposición no tenía un “líder” visible el reclamo de propios y extraños, fuera y dentro del país era precisamente ese. “La oposición venezolana no se ponía de acuerdo” y no había “con quien hablar”.

Pues apareció Guaidó con un reconocimiento internacional que ningún otro dirigente opositor había tenido antes y de paso con una gran conexión popular. La figura perfecta a destruir. Previsiblemente contra él se han tejido todo tipo de intrigas, conspiraciones, trampas y presiones. La campaña en su contra no ha cesado.

Independientemente de lo que diga o como lo diga. De lo que haga o como lo haga. La razón de esto no son sus errores reales o supuestos. Tampoco que no haya aun conseguido su promesa de cesar la usurpación. Ese no es el asunto central. La cuestión es que el régimen madurista no puede permitir un liderazgo democrático dentro de Venezuela. Alguien reconocido, legitimado y aglutinador de los demás factores. Por lo tanto hay que descabezarlo. No es un asunto personal. Es el sistema.

De modo que resulta sorprendente la resistencia exhibida por Guaidó. Que después de todo lo que le ha caído en los 16 meses que lleva al frente la AN siga siendo el factor político más importante del campo democrático venezolano es al menos sorprendente.

Todavía más si toma en cuenta que, como ya ocurrido, sectores presumiblemente opositores se ha sumado de manera gozosa a su linchamiento, en la mejor tradición de canibalismo político hispanoamericano. Maduro por supuesto no ha perdido ocasión de amablemente amplificarles el mensaje con la asistencia del aparato de desinformación de ruso.

Ahora entramos en un nuevo capítulo: responsabilizarlo de la crisis de la gasolina por la vía de las sanciones norteamericanas. Los responsables no son Chávez, Rafael Ramírez, Alí Rodríguez Araque y Manuel Quevedo (estos tres, expresidentes de Petróleos de Venezuela), en cuyas manos se hundió la producción petrolera venezolana y colapsó el parque refinador nacional.

Tampoco que media Venezuela venga padeciendo los rigores de la falta de combustible desde hace al menos cinco años (no había sanciones) y que sea ahora que la crisis castigue a Caracas.

Menos aún que Irán, un país petrolero sancionado por las potencias occidentales, a causa de su programa atómico, siga refinando gasolina. De hecho le ha despachado seis tanqueros a Maduro.

No, el chivo expiatorio tiene que ser Juan Guaidó. Es parte de la operación para sacarlo de circulación. Es el ritual para la expiación que exige el sistema. Porque de alguna manera hay que tratar que no se salve de esta.

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Pedro Benítez

Artículos de Pedro Benítez

Historiador y escritor

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