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¿Cuántos empresarios pueden tomarse en serio la ruta de Nicolás Maduro hacia el modelo chino?

viernes 14 de febrero de 2020, 18:00h
Pedro Benítez (ALN).- ¿Puede la Venezuela dominada por Maduro dar un cambio similar al que empezó China hace 40 años? ¿Estaría el chavismo gobernante dispuesto a permitir una economía conectada con la globalización, respetuosa de los derechos de propiedad, con un manejo profesional y responsable de las finanzas públicas, y además a permitir que los incentivos económicos operen libremente? ¿Podría Maduro llegar a un entendimiento con Estados Unidos que lleve a levantar las sanciones tal como hizo Deng Xiaoping en 1979?
¿Avanza Maduro hacia el autoritarismo político con libertades económicas? / Foto: Cancillería
¿Avanza Maduro hacia el autoritarismo político con libertades económicas? / Foto: Cancillería

El inesperado y torpe giro que Nicolás Maduro ha permitido, más que propiciado, sobre la economía venezolana ha despertado en un sector del empresariado que se aferra a sobrevivir, la esperanza de que en el país se implante un “modelo chino”.

Resignados ante la eventualidad de que Maduro (o el chavismo) se sostenga indefinidamente en el poder algunos hombres de negocios expresan en privado (y más o menos en público) que la opción menos mala es que el chavismo admita alguna forma de economía de mercado.

Autoritarismo político con libertades económicas. Una luz al final del túnel para el disminuido capitalismo venezolano. Si no se puede sacar a Maduro del poder, al menos alentarlo a que siga por el camino de la liberalización económica.

Ese fue el rumbo que la economía venezolana tomó durante 2019 cuando el Estado chavista admitió la dolarización parcial de la vida cotidiana, liberó importaciones y dejó de inspeccionar los precios de las mercancías (aunque no ha suprimido la legislación regulatoria).

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Por otro lado, no faltan personajes dentro del propio régimen que alientan esa posibilidad. Miren a China, dictadura de partido único con una economía exitosa. ¿Por qué no seguir ese camino de pragmatismo y olvidarnos de las fantasías del Estado comunal?

Además, seguir esa ruta del pragmatismo económico es lo que aconsejan los aliados rusos y los asesores enviados por el expresidente ecuatoriano Rafael Correa.

¿Pero es posible un modelo chino bajo el régimen de Maduro en Venezuela? Para responder esta pregunta hay que recapitular lo que se ha hecho en China de 1978 a esta parte, cuando el dirigente Deng Xiaoping persuadió a sus camaradas de la élite comunista de reformar el sistema impuesto de los años 50.

Primero se les permitió a los campesinos chinos vender en mercados libres sus cosechas. Es decir, se reintrodujeron los incentivos económicos. Cuando los gobernantes comunistas vieron que la consecuencia de ello fue un aumento casi milagroso de las cosechas, extendieron la práctica a las ciudades y fueron creando áreas económicas especiales donde ofrecieron seguridad a la inversión extranjera. La consigna de Deng Xiaoping fue: “hacerse rico es glorioso”. Muy alejado del “ser rico es malo” de Hugo Chávez.

Además, tuvieron como modelo a seguir el éxito de los llamados tigres asiáticos y Japón, países que invirtieron muchos recursos en educación e infraestructura para incrementar la productividad. Es decir, los camaradas chinos concibieron un plan.

Pero nada de eso hubiera sido posible si los gobernantes chinos no se hubieran entendido con Estados Unidos y las demás potencias occidentales. En 1979 Deng Xiaoping consiguió restablecer las relaciones diplomáticas plenas con Washington. A partir de ese momento China comenzó a integrarse progresivamente a todas las instituciones económicas del capitalismo mundial. Esa decisión política fue clave en el fenomenal despegue económico de China.

En resumen, la dirigencia del Partido Comunista Chino, aliada con sus empresarios, ha construido en las últimas cuatro décadas una economía moderna, bastante integrada al mundo, basada en los derechos de propiedad, la responsabilidad fiscal y los incentivos económicos. Nada que la ciencia económica no haya descubierto.
Una delegación del Banco de Desarrollo de China visitó Venezuela en 2018 / Foto: Cancillería

Por supuesto, es un capitalismo con características chinas, donde el empresariado se sabe vigilado por el Estado, que a su vez tiene mucho peso en la economía y que no juega limpio en el comercio mundial. Pero como decía Deng Xiaoping, lo importante son los resultados.

¿Puede la Venezuela dominada por Maduro dar un cambio similar? ¿Estaría el chavismo gobernante dispuesto a permitir una economía conectada con la globalización, respetuosa de los derechos de propiedad, con un manejo profesional y responsable de las finanzas públicas, y además dispuesto a permitir los incentivos económicos? ¿Podría llegar a un entendimiento con Estados Unidos que lleve a levantar las sanciones?

Como vemos todo esto implicaría un gran cambio. El cambio al que Maduro se ha resistido por años. Cambio que si se hubiera dado le habría ahorrado a Venezuela (y a sus vecinos) cinco millones de migrantes y muy probablemente ni el país ni el régimen estarían en el foco de la opinión pública mundial.

Hoy Maduro no tiene un plan económico ni un modelo al cual seguir. El modelo chavista siempre fue Cuba. Esa era la meta de Hugo Chávez. Para ello creó una escuela de cuadros formada en Cuba cuyo propósito era dotarse de una burocracia comprometida con el socialismo.

Para que en Venezuela ocurra un cambio económico real primero se tiene que dar el político. Tal como pasó en China. No hay cómo escapar a eso. Bien sea que el chavismo sea reemplazado del poder, bien sea que el cambio ocurra dentro del mismo régimen.

No fue más lejos ni más rápido porque las circunstancias no se lo permitieron. Una parte de la población se le resistió y luego la salud le falló. El resto es historia reciente: el populismo socialista y manirroto que caracterizó al chavismo entró en crisis en 2013 con la llegada de Maduro al poder. Su empecinamiento en sostener los controles sobre la economía, los subsidios indirectos masivos y el gasto público no financiable se combinaron con el fin del ciclo de altos precios del petróleo para provocar una hecatombe económica y social sin precedentes en el hemisferio occidental.

No obstante, siempre hubo algún que otro empresario que apostó porque el régimen tarde o temprano “se abriera” en lo económico. Tampoco le faltaron aliados dentro del poder chavista que movidos por la avaricia buscaron estar cerca de los hombres del dinero. Este ha sido otro de los rasgos del chavismo que desafía los convencionalismos ideológicos.

El esquema económico del chavismo mutó hace muchos años hacia prácticas delictivas cuyos actores están obsesionados con el extractivismo de los abundantes recursos naturales de Venezuela y muy alejados de filosofías políticas. Se acerca más a Rusia que a China.

Maduro se ha enredado (y con él a Venezuela) en la madeja de las sanciones internacionales precisamente porque se ha negado a rectificar. Su “apertura” económica de 2019 fue consecuencia del peso de las realidades y no de algún plan económico.

Para que en Venezuela ocurra un cambio económico real primero se tiene que dar el político. Tal como pasó en China. No hay cómo escapar a eso. Bien sea que el chavismo sea reemplazado del poder, bien sea que el cambio ocurra dentro del mismo régimen.

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