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El ministro de propaganda de Maduro aprovecha los apagones para sembrar miedo

sábado 30 de marzo de 2019, 12:00h
Pedro Benítez (ALN).- Así como la guerra se gana primero en la mente de las personas, las dictaduras se defienden reforzando la idea de su invulnerabilidad. Sembrando en la población que le adversa el miedo, la desesperanza y la resignación. Esa es hoy la labor del ministro de Comunicación e Información de Nicolás Maduro, Jorge Rodríguez.
Jorge Rodríguez intenta sembrar desesperanza y resignación / Foto: Presidencia
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Jorge Rodríguez intenta sembrar desesperanza y resignación / Foto: Presidencia

Ministro del Poder Popular para la Comunicación e Información de Nicolás Maduro desde 2017, Jorge Rodríguez ha sido uno de los principales aliados de aquel desde su arribo al poder supremo de Venezuela a inicios del año 2013. Por entonces Rodríguez se desempeñaba como alcalde del municipio Libertador de Caracas (asiento de los poderes públicos del país), donde su gestión entró en la larga colección de fracasos en materia de gestión pública que ha caracterizado las dos décadas de régimen chavista.

Típico de los dirigentes chavistas, Jorge Rodríguez estaba más interesado en “hacer política” que en administrar el municipio bajo su responsabilidad. Desde ese pedestal se destacó por su habilidad para comunicar, dedicando más tiempo a su programa en la televisión del Estado (siguiendo la tradición de Hugo Chávez) que a las tareas de despacho.

Atacar a toda la oposición. Esa ha sido una de las razones que al parecer lo introdujo en el primer anillo de poder de Maduro hasta el punto de ser hoy el cerebro de un régimen que ha fracasado en todo menos en dos cosas: aferrarse al poder y convertir en aparente victoria política cada fracaso

Atacar (y denigrar) a toda la oposición en su conjunto o en lo personal ha sido su área de experticia. Es donde ha destacado. Esa ha sido una de las razones que al parecer lo introdujo en el primer anillo de poder de Nicolás Maduro hasta el punto de ser hoy el cerebro de un régimen que ha fracasado en todo menos en dos cosas: aferrarse al poder y convertir en aparente victoria política cada fracaso en la gestión del país.

En esto Rodríguez ha sido habilidoso demostrando las dosis necesarias de cinismo que no hace ningún esfuerzo por ocultar. Sus técnicas no son novedosas, y se resumen siempre, invariablemente, en traspasar la responsabilidad de los sucesivos desastres económicos o administrativos del chavismo a los enemigos clásicos de los regímenes populistas o con aspiraciones revolucionarias redentoras: el enemigo anterior, el enemigo interior y el enemigo exterior.

Esa influencia le ha permitido impulsar a su hermana, Delcy Rodríguez, a los puestos más destacados luego del propio Nicolás Maduro, como canciller, presidente de la inútil Asamblea Nacional Constituyente (ANC) y ahora como vicepresidenta ejecutiva.

La pareja de hermanos se ha ganado la confianza de Maduro y su esposa Cilia Flores y son sus principales operadores políticos. Están en todas. En los medios, en la fallida negociación política de República Dominicana de 2017 y la siguiente ofensiva de desprestigio contra la oposición venezolana.

Sin embargo, Jorge Rodríguez no ha estado muy atinado en lo que va de año. El inesperado efecto Guaidó es algo que no estaba en sus cálculos y que por lo visto no ha podido manejar como en casos anteriores, lo que lo ha llevado a que sus maniobras de desprestigio contra el presidente encargado por la Asamblea Nacional hayan sido objeto de burlas. Es decir, exactamente lo contrario de lo que busca.Los hermanos Rodríguez se ganaron la confianza de Maduro y Cilia Flores / Foto: @jorgerpsuv

Porque no se le puede subestimar su capacidad, no ya de cohesionar las filas chavistas que siguen fieles a Maduro (recientes estudios de opinión las ubican en 14%), sino en incitar la desmoralización entre la población adversa y descontenta con el régimen que se aferra a la esperanza de un cambio político.

El trabajo ministerial de Rodríguez (psiquiatra de profesión) consiste precisamente en intentar liquidar esas esperanzas, con el propósito de que esa población disidente se resigne o emigre. Así de simple.

Los apagones de servicio eléctrico que tienen años padeciendo los estados del interior de Venezuela, pero ahora han afectado con todo su rigor a Caracas, se han presentado como una de esas ocasiones donde Rodríguez puede exhibir sus “habilidades”.

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La guerra es la paz

Para ello está apelando a aquellas argucias que ya George Orwell en su clásico libro 1984 describió magistralmente. Es lo que los entendidos bautizaron como la neolengua. Es decir, darle a las palabras un sentido distinto al normalmente aceptado. Donde se dice paz, significa guerra. La abundancia es escasez. La verdad es la manipulación.

La tarea de Jorge Rodríguez es criminalizar a los adversarios de Maduro para darle un relato a la represión, pero sobre todo desmoralizar a la población. Sembrar la resignación. Y asesinar la esperanza de un cambio

Como los hechos y el sentido común tienden siempre a imponerse a esa realidad virtual el gran público hace rato que ya no cree estas maniobras dialécticas del psiquiatra Rodríguez.

Como demuestran una y otra vez las investigaciones más serias y documentadas, como por ejemplo las de Transparencia Venezuela, la crisis eléctrica del país, que tiene más de una década, no es culpa de ningún sabotaje, sino de la falta de inversión, la severa desprofesionalización y la masiva corrupción que han destruido a ese sector.

El ministro de Energía Eléctrica, Luis Motta Domínguez, y Jorge Rodríguez insisten en que el apagón nacional es otro sabotaje y no asumen su responsabilidad ante los venezolanos, como denuncia Transparencia Venezuela.

A estas alturas la mayoría de los venezolanos ya no creen la versión oficial sobre los apagones, no tanto porque estén informados al detalle de los problemas técnicos de la ingeniería eléctrica, sino porque ya son demasiados años de excusas. Esto Jorge Rodríguez lo sabe perfectamente.

Su tarea es criminalizar a los adversarios de Maduro para darle una relato a la represión, pero sobre todo desmoralizar a la población. Sembrar la resignación. Y asesinar la esperanza de un cambio.

Pedro Benítez

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Historiador y escritor

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